Graciela Taquini

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marcas en la orilla argentina

El concepto de marca, de sello, desde la yerra ganadera a la marca registrada fue determinante en la discusión curatorial que se planteó entre el equipo uruguayo y el argentino para concebir esta exposición sobre iconografías nacionales y símbolos patrios trasmitidos desde el discurso oficial, un proyecto largamente acariciado por Santiago Tavella y que se realiza gracias a la generosidad de Alicia Haber. En un largo lapso hubo sucesivos encuentros, consultas y comunicaciones epistolares constantes. Esta experiencia cultural, esta labor en común rioplatense significativamente no es la primera. Los proyectos colaborativos entre gestores y artistas contemporáneos uruguayos y argentinos nacieron en el 2001 con Mayo Uruguayo y siguieron en el 2002 con Interfaces en Montevideo, y en el 2003 con Arte en Progresión, en Buenos Aires. Sin duda estos intercambios están sentando las bases de una futura Bienal de Arte Contemporáneo del Río de la Plata surgida más de vínculos, sentimientos, afinidades y amistades que de políticas oficiales concretas, si bien muchas instituciones abrieron sus puertas para que todo esto fuera posible.

Esta muestra desarrolla la confrontación entre dos discursos, el del poder constituido y el del arte del presente que despliega su producción de sentido deslizándolo a través de sus formatos, sus técnicas, sus temas, sus abordajes. Contrasta la imaginación, la libertad y el espíritu crítico de las prácticas estéticas frente al poder congelado, fijo y estructurado de lo institucional.

Los artistas por medio de sus obras desde lo formal, lo temático, lo iconográfico no ilustran, sino que fundan nuevas visiones sobre el mundo en que viven donde los conceptos de la muestra, en tela de juicio actuaron como disparadores. En este despliegue realizado por veinticuatro creadores rioplatenses se dirimen temas vigentes tales como el de la relación del arte con lo político, tratando de eludir siempre lo panfletario. Aparecen también otras preocupaciones, especialmente la pregunta por la identidad, individual, local, regional. Se reformulan instancias como los conceptos de ciudadanía, patria, territorio, entrando en cuestiones geopolíticas del presente tal como lo irreversible de la globalización y la posibilidad de una respuesta glocal.

Si bien estas problemáticas están presentes en marcos teóricos actuales provenientes de la filosofía, la historia, la sociología y la antropología, entre otras disciplinas, es muy raro que existan vasos comunicantes que busquen aportar esa otra perspectiva, tan valiosa como la de los académicos, la de los artistas visuales, en este caso, del Río de la Plata. Los estudios culturales son los que tienen conciencias de estos cruces sin quedar en compartimientos estancos. Este análisis se basa en escuchar y ver lo que los artistas enuncian, por eso carece de citas, más allá de la de los artistas.

Doce argentinos presentarán una serie de trabajos en los formatos contemporáneos de instalación, fotografía, objeto, video, performance haciendo señalamientos tangenciales, nunca explícitos con un sentido cuestionador, comunicándose con el espectador a partir de la experiencia estética para llegar a su reflexión en un camino de ida y vuelta. Todos los participantes fueron elegidos por su calidad y su compromiso con inquietudes sociopolíticas a través de su quehacer artístico. Desde el punto de vista estilístico, este envío representa un estadio de neoconceptualismo argentino muy influido por lo estético y determinado por la autorreferencialidad y la alusión al contexto.

Estos valores patrióticos impuestos, estas marcas oficiales se trasmiten través de símbolos alegorías, iconografías, objetos, próceres, sitios, emblemas, uniformes. De esa manera grupos de poder construyen una serie de paradigmas que estructuran un imaginario social, ideas-imágenes a través de las cuales se concibe una forma de identidad, se legitima una determinada hegemonía o se elaboran modelos formadores de buenos ciudadanos, buenos soldados, buenos alumnos. Todo ese universo es el que se pone en discusión.

Las instituciones jerárquicas como las Fuerzas Armadas transmiten valores en sus íconos, ritos y vestimentas. Pertenecer sin cuestionar, tiene sus privilegios. Marcelo Grosman en su tríptico fotográfico casi renacentista en radiante technicolor nos muestra la efigie de un joven marino en su uniforme de gala. La pureza inmaculada del blanco del traje contrasta con su piel morena. Las condecoraciones con la frase Winner son, en realidad, de una regata. A cada lado pequeños retratos de grumetes radiantes e inmaculados (Laurel y Hardy?) afirman la traditio. No hay juicio moral en la lente. La historia de las culpas se completa en la memoria del espectador donde relampaguean los recuerdos de represores o las muertes sin sentido de la Guerra de Malvinas.

Otra institución determinante en el trasvasamiento de las tradiciones patrias es la escuela por medio de sus ritos, fiestas, emblemas, iconografías y próceres. Agustín Blanco, nacido en el 76 en plena dictadura plantea una ambientación con pupitres y stencils con efigies de revista escolar de una serie de héroes y villanos de la historia argentina y algunos próceres uruguayos que exhibe en una sucesión aleatoria, desjerarquizada, casi irritante en su condición de políticamente incorrecto. La desmitificación se basa en su elección indiscriminada de justos y réprobos. Serán los espectadores quienes podrán elegir dibujar el contorno de sus figuras favoritas retornando a su condición de escolares. De su conciencia histórica dependerá la elección.
Daniel Ontiveros quien, en otra obra hizo crecer margaritas en su uniforme de ex combatiente, propone el tema del delantal blanco para Argentina o la túnica con moña uruguaya para reflexionar sobre la democracia y la identidad ya que ambos delantales tienen bordado el mismo nombre. El blanco de la pureza, nuevamente, aparece como motivo. De esta manera, Ontiveros, marca el anhelo de progreso y movilidad social propio de la educación pública de las jóvenes repúblicas del Sur. Y, al mismo tiempo, afirma que somos lo mismo.
Nushi Muntaabski como ya lo hiciera en otra performance El Redondo, pone el cuerpo en una acción que luego se transformará en video performance protagonizada por una maestra que interpela al espectador-alumno. Ha elegido la incomunicación como una marca desde ese pequeño poder de la docente. No hay juicio, ni crítica, ni parodia. La acción producida el día de la inauguración será captada por la cámara dejando su huella electrónica.

Mercedes Pérez Bergliaffa enjuicia los conceptos de heroicidad y monumentalidad reformulando con sus fotos, sus objetos y sus animales embalsamados un montaje de choque, de contraste surrealista con el que socava las raíces de la glorificación. Lo modélico se contrapone a lo oscuro e irracional de lo animal muerto con un resultado pesadillesco y perturbador, casi propio de una imaginería de cine de terror de Clase B.

Carlos Masotta desde el lugar del arte y de la antropología visual volverá sobre el tema del análisis del billete de cien pesos de la moneda argentina sobre el que había incursionado en la muestra Pretérito Presente, de Arte en Progresión. Descubre en Los Fantasmas de Roca los oscuros espíritus que habitan la pieza de dinero más codiciada de los argentinos. Bucea hasta descubrir relaciones insólitas entre la efigie del General de la Campaña del Desierto y, en su reverso, el cuadro de Juan Manuel Blanes, La conquista del desierto. Descubre la coincidencia entre ojos de un caballo con los del militar. Indaga, asimismo, sobre la polaridad falso verdadero, con un detector de billetes.

Leonel Luna también manipula la obra del pintor de la patria, Juan Manuel Blanes arremetiendo con un clásico de la iconografía uruguaya El desembarco de los 33 Orientales. Incrusta, mediante técnicas digitales figuras en las mismas poses de los protagonistas de la pintura. Aparecen, así, chinos, coreanos, japoneses del presente logrando una literalidad que trasciende la ironía y remite al tema de la globalización, de nuevas migraciones, de hibridaciones impensables.

Karina el Azem

Rosana Fuertes con su instalación de camisetas de fútbol, un formato que viene desarrollando desde 1993 remite al lugar del sentimiento nacionalista más ciego y fanático: las contiendas deportivas y, a la vez, a la rivalidad eterna rioplatense En una composición pictórica seriada que oscila entre lo op del celeste al blanco y lo pop del soporte alude más a lo que se funde y confunde que a lo que nos separa.
Karina El Azem recurre a la sacralidad de los lugares y monumentos históricos; la Pirámide de Mayo, monumento celebratorio por excelencia de nuestra emancipación, resignificado cada jueves por las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, con sus pañuelos blancos. De esta forma produce una nueva señalización, recrea el plano de ubicación y un nuevo objeto pirámide rematado con la alegoría de la República, revestido con elementos tan contradictorios como perlas y balas. Plaza de Mayo, núcleo cívico, escenario de fastos y represiones, escaladas y bombardeos trasmutado por un fálico objeto fetiche.

Ricardo Pons en Potestad, otorga un nuevo giro a su obra Animas, que primero fuera video, luego video instalación y que ahora deja su huella en fotografías donde campean más símbolos, íconos, alegorías. La Republica perdida, la Justicia ciega, una escarapela en el ala del avión de la marina que arrojaba cuerpos en el Rio de la Plata. Su obra anuncia la eterna lucha entre los ideales y el poder, la potestad está simbolizada por la peligrosa luz roja de una baliza.

En La circunstancia que nos afecta, Mara Facchin ambienta el interior de un hogar burgués apenas con un dressoir adornado con objetos de yeso de un pseudo y cursi clasicismo. “Junto con el nombre, la fecha de nacimiento y la nacionalidad, datos iniciales de una biografía, los avatares históricos de un país son circunstancias que nos afectan en lo público y lo privado. En un friso de luces esporádicas el mapa de la Argentina se ilumina caprichosamente, como ciertos recuerdos” afirma Mara. Las figuras alegóricas en yeso blanco están más cerca del concepto de cultura como espacio domesticado que de aludir al género kitsch, y esa visión de la cultura se traslada a los mapas, a los que impone esta vez otro nuevo sentido de sanación, la luz.

Eduardo Molinari elige también el contexto doméstico con otro mueble, menos decorativo y con significados muy abiertos: el ropero, lugar de fantasmas y de secretos. Allí guarda su que en la cultura globalizada se cruza con el tema de la discriminación, del primer mundo, del tercer mundo, del desarraigo, de la marginación y de la inmigración legal e ilegal. Aborda el tema del quiebre del concepto de ciudadanía: Saegún Molinari "Una construcción política social sórdida que en este caso se inicia a partir del cerco económico que el pago de la deuda externa le impuso a la Nación, y que cada ciudadano tiene que enfrentar sobre sí mismo."

Al incursionar por estos temas estos jóvenes artistas que viven en una sociedad que creció bajo el peso de la Dictadura, que pasó por la instancia de una guerra absurda, que sufrió expulsión, la anarquía, el acorralamiento, y el despojo sienten indudablemente dolor de la ausencia de valores tranquilizantes, pero a la vez persisten en la esperanza de la creación.

Esta muestra se convertirá en un work in progress, en una sola y monumental instalación colectiva, que completará su sentido con las múltiples asociaciones que cada obra generará en su relación con las otras. Se convertirá en un laberinto de relaciones, de vectores que la modificarán en cada lectura.

Por Graciela Taquini

Agradecimientos Ariel Vales, Susana Alegretti, Johnny Guelerman, Danny, Vitto.

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