Graciela Taquini

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todo espectador es un cobarde o un traidor

"La Hora de los Hornos"(1968)
Fernando Solanas y Octavio Getino

Esta frase de Frantz Fanon que aparece en una de las obras más emblemáticas del período, "La Hora de los Hornos" (1968), de Fernando Solanas y Octavio Getino, representa las aspiraciones del cine político argentino combativo de la década del sesenta: No ser un film, ni un espectáculo, sino un pre-texto para la acción. Un cine clandestino que no se proponía como fin ni la taquilla ni el simple entretenimiento. El hecho cinematográfico tiene un propósito puramente estético, sino esencialmente político, y pone de manifiesto la potencialidad del cine, no sólo para reflejar y testimoniar, sino para producir cambios, para anticipar hechos de manera visionaria y sobre todo para construir el tejido histórico.

Una posible periodización, desde el punto de vista del cine y la política, podría dar por iniciada la década del 60 con el establecimiento de nuevos marcos legales de protección a la producción así como también con la creación no sólo del Instituto Nacional de Cinematografía sino de escuelas en Santa Fe, La Plata y Buenos Aires. La obra ejemplar es sin duda “Tire Die” (1958) de Fernando Birri y la Escuela del Litoral. La conclusión del período, en cambio, no es tan precisa. Podría establecerse hacia 1974, con el último trabajo en la clandestinidad de Raimundo Gleyzer, sin incluir los grandes éxitos comerciales como “Juan Moreira”, “Quebracho” y “La Patagonia Rebelde” que pertenecen a un cine político menos marginal y más integrado a la sociedad.

Ni el cine claramente militante, ni el documental antropológico, que introdujeron en las pantallas imágenes y voces de una Argentina profunda y desconocida, pueden arrogarse la representación absoluta del cine político de los 60. La condición de dependencia política y cultural del país, bajo la figura de una identidad propia traicionada o prostituida, es una constante que recorre de manera transversal géneros y formatos, y que puede hallarse como motivo tanto en un cine de autor como en apuestas experimentales, y hasta en ficciones de la industria ubicadas en las antípodas ideológicas.

Los realizadores Raimundo Gleyzer, Jorge Cedrón y Enrique Juárez, fueron algunos de los que dieron su vida para sostener en concepto, imagen y acción la necesidad de cambiar una sociedad injusta. Al revisar ese cine, y con la perspectiva de los cuarenta años transcurridos, pasado y presente adquieren nuevos significados especialmente a partir de los sucesos del 19 de diciembre del 2001.

Por Graciela Taquini y Pablo Orlando.

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